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En la historia del cine, algunas escenas pasan a la posteridad por su impacto narrativo, mientras otras quedan como reliquias de una ambición técnica desbordada. Ese es el caso de una secuencia de Operación Swordfish (2001), un thriller de acción dirigido por Dominic Sena, que intentó ganarse un lugar entre los hitos del séptimo arte con una explosión tan compleja como costosa.
La película, que contó con John Travolta, Halle Berry y Hugh Jackman, no alcanzó el éxito esperado. Su recaudación global fue de 147 millones de dólares frente a un presupuesto de 80 millones, cifra que, aunque superó la inversión, no la convirtió en el fenómeno que sus productores esperaban. Sin embargo, la escena de la explosión inicial quedó registrada como una de las más ambiciosas y exigentes de la historia del cine.
Según el medio especializado Espinof, el guion original de Skip Woods contenía una simple indicación para el momento clave: “Kaboom”. Esa palabra desencadenó una operación de precisión quirúrgica que puso a prueba a todo el equipo técnico. El director Dominic Sena confesó que “nunca había visto una toma tan difícil de preparar” y explicó que la escena se filmó en capas para garantizar la seguridad: primero la explosión, luego los vehículos volando por los aires y finalmente las personas siendo arrastradas por la onda expansiva.
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Aunque el rodaje duró solo tres días, la fase de planificación se extendió por tres meses, en los que se analizaron al detalle qué partes podrían filmarse físicamente y cuáles tendrían que agregarse con efectos visuales. En pleno 2001, la dependencia exclusiva del CGI era inviable, lo que llevó a optar por una solución mixta: el 85% de la escena se rodó de forma práctica y solo los elementos más peligrosos se añadieron digitalmente.
Inspirados por la innovadora técnica del “bullet time” de Matrix (1999), el equipo diseñó una plataforma que soportara 135 cámaras fijas disparando al unísono. Pero, a diferencia de Matrix, esta escena exigía un nivel de detalle aún mayor. En postproducción, a cargo de Frantic Films, el reto fue ralentizar el tiempo de manera variable, según el ángulo de cada cámara. El proceso tardó ocho meses más.
Chris Bond, cofundador de Frantic Films, detalló: “Para las tomas exteriores ralentizamos 134 fotogramas hasta 400 por segundo, mientras que en las interiores generamos fotogramas intermedios, pasando de 45 a 102 por segundo”. En algunos casos, hubo que crear hasta siete fotogramas sintéticos entre cada toma, debido a la curvatura con la que se montaron las cámaras.
La escena, que aparece al inicio de la película justo después de un monólogo del villano interpretado por Travolta, dejó a muchos espectadores impactados. Sin embargo, fue inevitablemente comparada con Matrix, cuyas secuencias de acción ya habían elevado la vara de los efectos especiales.
A pesar de su esfuerzo monumental, la película no logró el reconocimiento crítico esperado. Algunas anécdotas, como el desnudo de Halle Berry, que ella calificó como “gratuito”, lograron más atención mediática que la escena de la explosión. No obstante, esa breve secuencia sigue siendo un testimonio del ingenio técnico y la obsesión por la perfección visual que a veces domina a las superproducciones de Hollywood.
Más de dos décadas después, Operación Swordfish persiste como un ejemplo de cómo la tecnología puede alcanzar niveles asombrosos, pero también de cómo ese despliegue puede quedar opacado si no va acompañado de una narrativa poderosa. Como lo resumió Espinof, la innovación técnica no siempre garantiza el éxito, pero sí deja lecciones sobre el arte, el riesgo y los límites de la creación cinematográfica.